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LAS REDES CLIENTELARES DE TRUJILLO EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

LAS REDES CLIENTELARES DE TRUJILLO EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

El estudio de la abundante documentación de la Era de Trujillo que se conserva en el Archivo General de la Nación, de República Dominicana, reserva aun numerosas sorpresas para los investigadores empeñados en comprender la historia de América Latina y el Caribe durante el siglo XX. Como he tenido la suerte y el privilegio de poderla estudiar a fondo puedo afirmar, con absoluta responsabilidad, que en esos legajos y cajas bien ordenadas, siguiendo las exigencias del puntilloso tirano, se encuentran respuestas para numerosas interrogantes de la vida social y política de casi todos los países del hemisferio occidental, desde el enorme Brasil, hasta la pequeña Trinidad y Tobago; desde el lejano Chile a la cercana Haití.

En el año 2012, auspiciado por el Archivo General de la Nación, vieron la luz dos tomos de mi obra La telaraña cubana de Trujillo en la cual, de forma cronológica, exploré las relaciones públicas y secretas del dictador dominicano con gobiernos representativos de todas las orientaciones ideológicas y políticas que se sucedieron en la isla, entre 1930 y 1961. Con especial interés indagué en la estructura, el funcionamiento y alcance de las redes clientelares que le permitieron influir, a veces de manera decisiva, en la vida de esta nación vecina, a través de una verdadera legión de políticos, diplomáticos, militares, empresarios, periodistas, escritores y vulgares matones, puestos a su servicio, todos gozando de prebendas y sobornos provenientes de aquella dictadura. Con toda intención, llamé “el eslabón perdido” de la historia de Cuba a esta singular y tenaz presencia, mantenida en las sombras y lejos del alcance de las opinión pública, hasta el presente.

Precisamente, en el Prólogo que aparece en el Tomo I de la obra cita, dejé abierta una puerta para, agotado en lo fundamental la investigación sobre Cuba, continuar indagando sobre las redes clientelares trujillistas en los demás países del hemisferio, incluyendo a los Estados Unidos. Así quedó expresado: Trujillo mantuvo redes secretas y lobbies no solo en los países más cercanos, sino también en algunos tan alejados, como Chile, y en otros tan complejos, como los mismos Estados Unidos. Desde los inicios de su dictadura comprendió la necesidad de adelantarse a los acontecimientos y de actuar con decisión y ejecutividad contra sus enemigos, allí donde estos se encontrasen. Nada lo detuvo y a ello dedicó millones de dólares, y también la inteligencia y fidelidad de los más lúcidos intelectuales del país. Formado en la escuela del Marine Corp, supo tempranamente que una buena información de inteligencia, el control permanente de sus adversarios, y poder golpearlos selectivamente, constituían las claves para poder vencer su resistencia…

Por supuesto que las redes clientelares de Trujillo no solo se ocupaban del espionaje, el control, la amenaza y el asesinato de sus principales adversarios, más allá de las fronteras nacionales, sino también de orquestar permanentes campañas de prensa, de la descalificación sistemática de sus críticos, de la contratación de firmas de abogados y relaciones públicas encargadas de defender y promover sus intereses y negocios, y de la cooptación y el soborno más descarnado a figuras prominentes de la vida pública internacional, que podían ser de utilidad a sus propósitos. La enorme y desproporcionada extensión de estas redes clientelares en el exterior, solo son comparables a las que, al mismo tiempo, mantenía en el interior del país.

Para los fines que persigue el presente estudio, las redes trujillistas, públicas y secretas que interesan, son las establecidas en el extranjero, y especialmente, en los países de América Latina y el Caribe.

EL MALETÍN DE TRUJILLO: SÍMBOLO CLIENTELAR.

El término cliente, que da origen al concepto que analizamos, procede del latín y de la Antigua Roma. En su acepción original, la palabra se derivaba del verbo cluere, que designaba la acción de acatar u obedecer. Los clientes eran personas de categoría social inferior que se situaban bajo el patrocinio (patrocinium) de un patrón (patronus), persona de rango económico-social superior. Aunque ambos eran ciudadanos libres, dicha institución procuraba fomentar relaciones armónicas entre los romanos, más allá de las diferencias que los separaban, manteniendo las distancias y resguardando el principio de autoridad y respeto debido. A mayor cantidad de clientes que acatasen su patrocinio, mayor era el prestigio social de un patricio romano.

A manera de reciprocidad, los clientes de Roma estaban obligados a guardar fidelidad y mantener la devoción hacia su patrón y descendientes, pues se trataba de un nexo hereditario, para ambas partes. Tan estrictas eran las leyes que regían esta peculiar institución, que no se permitían litigios ante los tribunales, si estos involucraban a un cliente y un patrón. También el primero estaba obligado a seguir al segundo, en caso de guerra, y contribuir a su rescate, si este era hecho prisionero. Por supuesto que semejante dependencia obligaba a los subordinados a otorgar su voto y apoyo a los superiores, junto al de sus familiares y allegados, en caso de convocarse elecciones para ocupar cargos públicos en la ciudad. No es de extrañar que este sistema, que incluía complicados rituales matutinos diarios de presentación de respetos y recibo de retribuciones mediante pequeñas cantidades de alimentos o dinero a los clientes, fomentaba un clima de adulación, servilismo y abyección, que fuera fustigado, en su tiempo, por Cayo Petronio Árbitro, en su obra Satiricón.

En el lenguaje contemporáneo, clientelismo político designa a un intercambio extraoficial de favores, mediante el cual los titulares de cargos públicos dispensan prebendas y privilegios a cambio de votos u otras muestras de apoyo. Los bienes que se dispensan no suelen ser propiedad privada de quien los entrega, sino recursos del Estado al que representa, obtenidos mediante relaciones establecidas a cambio de otros favores, o al uso de sus influencias. En sentido negativo, semejante relación de dependencia puede lograrse a través de la coerción, la amenaza o los castigos, para aquellos que se nieguen a participar de la trama.

En la política del siglo XX, especialmente en la de América Latina y el Caribe, con sus incipientes, escasamente consolidadas relaciones democráticas, y débiles principios cívicos, el clientelismo fue también la extrapolación de formas arcaicas de relaciones patriarcales y caudillistas, al ámbito de los asuntos estatales, la organización de los partidos, la celebración de las elecciones y la formación de los ejércitos.

Otro rasgo especialmente visible en nuestra región, en lo tocante al funcionamiento del clientelismo político, está expresado por el hecho de que tanto los clientes como el patrón suelen conocerse personalmente, pertenecer a las mismas redes sociales y círculos de amistad, o mantener nexos familiares. Son estos factores los que, en nuestro escenario, se han mostrado indispensables para que la relación de dependencia sobre la que se basan no se limite a lo meramente mercantil. Los frutos de semejante proceso suelen ser mucho más estables, y las relaciones entre las partes mucho más difíciles de romper, que en los casos en que solo media el interés material, o prima un conocimiento superficial, o escaso, entre los actores: no es igual una relación entre compadres, aunque estos no tengan idéntico rango, que la establecida entre un patrón y un empleado a sueldo.

El clientelismo político es, en consecuencia, una institución de antigua data en nuestro continente y la razón que explica la existencia de poderosos clanes de poder económico, social y político, unidos por especiales relaciones de parentesco, afinidad o negocios. Su larga existencia garantizó que las propuestas corruptoras de Trujillo encontraran eco en todos los países de su entorno; en todas las clases sociales; en todos los estamentos y en casi todas las ideologías. Un astuto manipulador como este, buen conocedor de la psicología personal y colectiva de nuestros pueblos, no dudó en basar su política exterior más en redes clientelares, que en la labor de su Cancillería, o en última instancia, usando su diplomacia para crear, ampliar y controlar sus redes clientelares internacionales.

Un aspecto de extraordinaria importancia para entender la manera en que Trujillo estructuró sus redes clientelares en el exterior es el hecho, típico para todos los procesos de esta naturaleza, de que la distribución que se hace entre los clientes de los recursos que pagan sus servicios, a pesar de tener un origen colectivo, en tanto bienes y recursos del Estado desviados de su curso natural y destino público por el patrón, se suelen otorgar, y agradecer, a título de favor personal, lo que constituye, de facto, una privatización de lo público en beneficio de quien pueda decidir sobre ello. Los innumerables espías, lobistas, sicarios, periodistas de alquiler, mediadores y legisladores que durante décadas formaron parte de estas redes, frecuentemente en contra de los intereses de sus respectivos países, lo hacían al servicio de Trujillo, no del gobierno, ni del Partido Dominicano; mucho menos de su pueblo.
Al momento de ser ajusticiado, en la noche del 30 de mayo de 1961, y tras ser abatido el tirano, los complotados cargaron con tres trofeos: su cuerpo cruzado por seis balazos, el revólver de cachas blancas recibido de manos de sus instructores yanquis, al graduarse de teniente, y un maletín del que jamás se separaba, repleto de pesos dominicanos y dólares, con los que compraba voluntades y hacía crecer sus redes clientelares, dentro y fuera del país.
“-Miren aquí el dinero del Jefe”-dijo el general Juan Tomás Díaz, al recibir el maletín de manos de Antonio de la Maza. Y sin saberlo, por primera vez, exponía ante ojos no autorizados una de las herramientas simbólicas del enorme poder que llegase a acumular el ya para entonces occiso tirano.

TEJIENDO LAS REDES

Los primeros intentos de un incipiente tirano Trujillo por mantener fuentes de información, bases de operaciones confiables en el exterior y una política de propaganda y relaciones públicas en defensa de su figura y su gobierno, fueron canalizados a través del aparato del servicio exterior heredado, al que se ordenó, desde el mismo inicio del régimen, cultivar amistades en las altas esferas de los gobiernos de la región y muy especialmente con mandatarios de mano dura, como lo eran, por entonces, el general Juan Vicente Gómez, en Venezuela; el general Gerardo Machado, de Cuba, y a fines de la década de los 30, el general Anastasio Somoza García, de Nicaragua.

Siguiendo rutinariamente las pautas de la diplomacia tradicional, en los inicios del régimen se mantuvieron los procedimientos habituales, se cumplían las normas del protocolo y se mantenían niveles de consulta a través de la Cancillería dominicana, quien, a su vez, sometía solo una parte de los asuntos a la consideración y decisión final de Trujillo. En la medida que el régimen se fue consolidando y el tirano fue concentrando todo el poder en sus manos, comenzó a llevar, personalmente, y día a día, las riendas de los asuntos internacionales; los cubrió con un espeso manto de secreto; disciplinó al cuerpo consular y diplomático y lo moldeó, según el destino que le tenía reservado; decretó que los asuntos más escabrosos e ilegales no podían ser tratados por escrito, sino de manera verbal, para no dejar registros y preservar la discreción, y finalmente, lo convirtió en la extensión personal de su inmenso poder, listo para actuar en el exterior, lo mismo para espiar a exiliados dominicanos, sobornar periodistas, llevar sus negocios personales más allá de las fronteras; comprar o vender armas, o simplemente, asesinar a sus adversarios.

Si bien los primeros nudos de lo que llegaría a ser la inmensa y tupida red clientelar trujillista en América Latina y el Caribe, fueron tejidos por los diplomáticos destacados en cada país, pronto el ritmo frenético de la labor encomendada y la necesidad de traspasar todos los límites morales y legales en el cumplimiento de tales misiones, aconsejaron a Trujillo ampliar la cantidad y calidad de sus clientes en el exterior, complementando a su aparato diplomático y consular con agentes locales, de todos los sectores de la vida social y política. Ante estos, sus enviados del servicio exterior hacían las veces de reclutadores, pagadores, controladores, mediadores y transmisores de órdenes, especialmente los agregados navales y militares, casta que era notoriamente adicta al tirano; cumplía a cabalidad, con prontitud y eficiencia las tareas encomendadas, por sucias que fuesen, y le servía también de mecanismo de control sobre sus propios diplomáticos, reportando solo ante el Secretario de las Fuerzas Armadas y el propio Trujillo.

Para el final del régimen, Trujillo había logrado crear una red clientelar internacional paralelamente a la constituida por sus representantes diplomáticos oficiales. Esta respondía directamente al dictador, era reclutada, pagada y usada para sus fines propios y frecuentemente, era atendida por personal ajeno a la Cancillería, como fueron Félix W. Bernardino, o el coronel Johnny Abbes. Si el caso lo requería, ayudantes cercanos a Trujillo, como los coroneles Amado Hernández, David Antonio Hart Dottin y el mayor general Arturo R. Espaillat, transmitían órdenes y recibían informes de los agentes trujillistas en el exterior. Joaquín Balaguer, a través de los numerosos cargos desempeñados en el trujillato, se reservaba para la atención de las redes formadas por periodistas, sindicalistas, dueños de órganos de prensa, intelectuales y académicos.

El efecto nocivo de tales acciones encubiertas internacionales, de una agresividad, amplitud, eficacia e impunidad solo comparables con las puestas en práctica por el gobierno norteamericano, especialmente tras la creación, en 1948 de la CIA, y en los años de la Guerra Fría, provocaron permanentes fricciones y contenciosos diplomáticos alrededor del gobierno de Trujillo, que se ventilaron en la prensa continental y llegaron hasta los organismos panamericanos, obligados, con frecuencia, a mediar e interceder para evitar males mayores.
Con su habitual hipocresía y proclividad a la desinformación, al ser entrevistado Trujillo por el periodista norteamericano George Beebe, para los periódicos “Miami Herald” y “Chicago Daily News”, y ser cuestionado acerca de la causa de la tirantez que se notaba en las relaciones del gobierno de República Dominicana con naciones vecinas, esta fue su respuesta: La República Dominicana ha observado permanentemente una política de convivencia pacífica con las demás naciones del mundo libre. No hemos sido jamás un país agresor y hemos cumplido, a cabalidad, la palabra empeñada en acuerdos y pactos internacionales. Si hemos tenido motivos de fricción con otros países de América, es porque se ha pretendido interferir en nuestros asuntos domésticos, o porque se ha considerado que nuestra firme posición anticomunista constituye un obstáculo para el desarrollo de los planes subversivos que se han pretendido llevar a cabo en esta zona del continente… Nuestra tradicional política es el respeto al principio de no intervención en los asuntos de otros Estados…
De no conocerse la profundidad y extensión de los crímenes trujillistas en suelos vecinos, estas declaraciones podrían ser tomadas como una broma de mal gusto. Desgraciadamente, eran mucho peor que eso.

LA CONSTANTE PENETRACIÓN TRUJILLISTA

El 2 de marzo de 1944, la prensa habanera dio la inusual noticia de que el premio literario Hatuey, convocado para elegir y recompensar al autor del mejor trabajo periodístico publicado en la prensa cubana, con motivo del primer centenario de la independencia dominicana, había recaído en Juan Bosch, notorio revolucionario y opositor del mismo gobierno que lo premiaba.
El inesperado galardón, lejos de disminuir las críticas a Trujillo, radicalizaron a Bosch, quien declaró su intención de utilizar aquel dinero para hacer una gira continental de denuncia a la dictadura que asolaba su patria. Ante la humillación de saber que la suculenta cifra destinada a comprar voluntades y fomentar clientes entre la prensa cubana, sería usado en su contra, Trujillo desató una de las mayores operaciones de descrédito contra uno de sus opositores, que evidencia, además, el modus operandi de sus lobbies y redes clientelares en el continente.
La orden personal de Trujillo fue transmitida al Secretario de Relaciones Exteriores por Paíno Pichardo, entonces secretario de la Presidencia, mediante oficio del 27 de noviembre de 1944, en los siguientes términos:

(…)Para contrarrestar la labor de Juan Bosch se estima conveniente que esa Cancillería ordene la reedición del folleto “Juan Bosch, el cuentista del cuento” y proceda a enviarlo a todas nuestras misiones diplomáticas en el continente, con el fin de que se reparta de tal forma y momento oportunos, que cada persona de valer en los países que visite pueda quedar edificado del individuo de que se trata.

También nuestro servicio exterior debe ser especialmente advertido acerca de la conveniencia de utilizar los servicios de la prensa de cada país, para restarle eficacia y desmentir a Juan Bosch (…)
La frase “…utilizar los servicios de la prensa de cada país”, implicaba, por supuesto, pagar a plumas de alquiler, previamente seleccionadas en el continente, para verter sobre Bosch todo el lodo del descrédito posible.

Un espantado Pedro M. Hungría, primer secretario de la Legación y cónsul general dominicano en La Habana, en carta al Embajador de su país en México, fechada el 9 de diciembre, señalaba:
(…)A reserva de enviarle más adelante una cantidad mayor, me permito remitirle, por vía aérea especial, los siguientes impresos:
20 ejemplares del folleto “De espaldas a sí mismo” y 20 ejemplares de “Juna Bosch, el cuentista del cuento”, de los cuales hará Ud. la distribución que considere más conveniente a los fines de dar a conocer a los mexicanos el verdadero valor de este “apóstol de la democracia” (…)

El caso del acoso contra Juan Bosch es típico de la manera en que Trujillo lanzaba a sus redes clientelares contra quienes osaban oponérsele, sin importar la distancia de que hallasen con respecto a las fronteras dominicanas. En estos casos, la diplomacia trujillista solía mantenerse muy atenta, en cada país donde se hallaba destacada. De sus informes y acciones, si eran de utilidad, se derivaban recompensas, ascensos y privilegios; de no serlo, o cuando eran sorprendidos por los acontecimientos, podían derivarse remociones, castigos y pérdida de la confianza. Bosch, el general Juancito Rodríguez, Jiménes Grullón, Nicolás Silfa, el Dr. Leovigildo Coello, Mauricio Báez, como en su momento Rafael Estrella Ureña, Ángel Morales o Federico Velázquez, fueron blancos permanentes del espionaje y las campañas de descrédito trujillistas. Contra ellos movilizaron a la prensa mercenarias de cada país, pero también a autoridades locales,J al Departamento de Estado de los Estados Unidos, y a su comunidad de inteligencia.

En enero y febrero de 1951, Bosch y su esposa habían viajado a Costa Rica, alojándose en la finca La Lucha del ex presidente José Figueres. De inmediato, el espionaje trujillista dio la voz de alarma. Para confirmar su ausencia de La Habana, se recabó información de Carlos Brugal Alfáu, encargado de Negocios dominicanos en dicha ciudad, quien la confirmó, prometiendo investigar más a fondo. La Cancillería se apresuró a cursar instrucciones a Luis F. Thomén, entonces embajador en Washington, quien solicitó y obtuvo una entrevista con el sr. Charles. C. Hauch, encargado de Asuntos Dominicanos del Departamento de Estado. El informe rendido, tras la reunión, señalaba: (…) Informé a este funcionario que el agitador Juan Bosch se encuentra en la finca de José Figueres, en Costa Rica…
Hauch me escuchó con atención e interés, tomando nota de cuanto le informé y agradeció nuestra diligencia en mantenerlos enterados de estas actividades subversivas.

Oportunamente presentaré estas informaciones, así como otras de interés relativas a actividades revolucionarias a los miembros de la Comisión Especial para el Caribe (…)
Como se observa, la diligente diplomacia dominicana rendía informaciones periódicas ante el Departamento de Estado, tildando de revolucionarios y comunistas a sus exiliados políticos. Mayor gravedad reviste que se mantuvieran también informada, al respecto, a la Comisión Especial para el Caribe de la Organización de Estados Americanos (OEA), dándole carácter de amenaza a la paz de la región a las acciones de políticos como Bosch.

Por esta misma fecha, en otra ronda de satanización y acoso contra Bosch y demás exiliados dominicanos en Cuba, se influyó, desde las sombras, para que el propio Partido Auténtico, del presidente Prío, los aislase y apartase de toda vinculación con la política doméstica.
(…)He podido confirmar-afirmaba el Encargado de Negocios dominicanos en La Habana a su Cancillería- que entre las condiciones que pone el ex presidente Grau al presidente Prío para arribar a la unidad auténtica está, entre las primeras, la separación de los sres. René Fiallo(jefe del Departamento de Propaganda), y de Juan Bosch, como servidores del gobierno de Cuba… Ha solicitado no más injerencia de los exiliados dominicanos en la política interna del país (…)
Existen pruebas documentales fehacientes, en el Archivo General de la Nación, que demuestran que Trujillo financiaba a un importante grupo de periódicos, revistas y periodistas, de América Latina, el Caribe y los propios Estados Unidos, destacándose entre los primeros El Diario de la Marina, decano de la prensa cubana, al que entregaba anualmente una subvención secreta de $50,000 pesos, solo superada por la de Franco, ascendente a $ 100,000 pesos; y entre los segundos, los periodistas Gastón Baquero, Salvador Díaz Versón y José Arcilla. El caso del colombiano José Antonio Osorio Lizarazo resulta paradigmático para entender la manera en que un periodista de talento podía convertirse, al son de la música que emanaba del maletín del Jefe, en un simple amanuense, al que se encargaban libelos difamatorios contra los enemigos del régimen y también exégesis, como su libro Así es .
Todavía en fecha tan tardía, como agosto de 1959, el entonces presidente Héctor B. Trujillo Molina, siguiendo la tradición de su hermano, autorizaba al Secretario de Relaciones Exteriores, para que “… a cargo de los fondos correspondientes en esa Secretaría, se suministre una ayuda de RD$ 300.00 al sr Félix Arguiano, director del diario “Éxito”, de México”. Apenas un mes, antes, como muestra de las excelentes relaciones de Trujillo con el gobierno tiránico de Alfredo Stroessner, en Paraguay, se indicaba a la Cancillería que “…el Excelentísimo Presidente de la República no hace objeción a que se le suministre al gobierno de Paraguay abundante información contra Fidel Castro”
Trujillo gustaba de halagar a la prensa y a los periodistas foráneos, para cooptarlos a favor de su persona, especialmente si se trataba de empresarios y dueños de importantes medios de comunicación de la región. Accedía a las entrevistas si estas le reportaban ventajas directas. No se prodigaba ni era asequible; denegaba la mayoría de las numerosas solicitudes de entrevistas que recibía, pero si se trataba de personajes influyentes, de países importantes como Venezuela en 1955, donde regía su buen amigo y estrecho aliado, el general Marcos Pérez Jiménez, solía acceder, incluso, condescendía a que fuese un sábado en la mañana, contrariando sus hábitos.

Un caso diferente era el de los periodistas extranjeros que criticaban su gobierno o atacaban su persona. Para estos reservaba una amplia gama de variantes que iban desde las amenazas, las agresiones y el chantaje, hasta el soborno. El caso del periodista y escritor haitiano Stephen Alexis, padre del destacado periodista y novelista Jacques Stephen Alexis, puede servir, a manera de ejemplo.
Todo había comenzado con otra operación encubierta de Trujillo en La Habana: el asesinato del dominicano Pipí Hernández, luchador antitrujillista del exilio, ocurrido el 8 de agosto de 1955, y para la cual se habían contratado los servicios de dos sicarios cubanos. Para organizar el atentado y controlar sus resultados, dos agentes dominicanos habían viajado a través de Haití, regresando al día siguiente del crimen. Su breve detención en este país provocó el incidente diplomático que dio pie a un artículo crítico de Stephen Alexis, y a varias notas de la Cancillería dirigidas al Presidente. La primera de ellas merece ser citada en extenso: Cúmpleme remitir a la Superioridad la nota 135, del 20 de agosto, de la embajada de Haití, recibida por esta Cancillería el 22 del corriente, y la cual se refiere a ciertos aspectos del caso de los nacionales Ulises Sánchez Hinojosa y Rafael Graffer Andújar, solicitando aclaración de los mismos “…para la salvaguarda de las buenas relaciones que felizmente existen entre República Dominicana y Haití”
En el precitado documento, la Embajada demuestra su sorpresa por la “misión de inteligencia en

Haití, de Sánchez Hinojosa”, según la información de El Caribe de fecha 12 de agosto, misión que según ella, debió haber sido puesta en conocimiento de su Gobierno. Igualmente hace referencia a la actitud de la justicia haitiana en el juicio de extradición de Sánchez Hinojosa y Graffer, y a la circunstancia de su encuentro con el primero de estos individuos en los pasillos de la Cancillería, cuando se disponía a una audiencia diplomática con el suscrito.

Se advierte que la embajada haitiana pone en boca de Sánchez Hinojosa el hecho de haber “presentado un informe sobre su misión en Haití”, en vez de un informe sobre su prisión en Haití, como en realidad ocurrió. Esta interpretación tiene toda la intención de ligarla con la información de El Caribe.
La Cancillería tiene el honor de presentar a la Superioridad el proyecto de nota que se entregaría a la Embajada de Haití, donde se expresa que la cancillería dominicana no se hace responsable de informaciones publicadas sin firma por los periódicos nacionales, en tanto que se puntualiza la incidencia del encuentro de Sánchez Hinojosa con el Embajador de Haití (…)

Aprobada por “la Superioridad” esta respuesta cínica y desafiante de la Cancillería, el incidente quedó en bajo perfil, hasta que el periodista Alexis lo volvió a situar en la palestra pública mediante un artículo de denuncia publicado en el diario Le Matin, de Puerto Príncipe. Este, a su vez, provocó una nueva nota de la Cancillería a “la Superioridad”, en los siguientes términos:
Cúmpleme remitir a la Superioridad el nuevo artículo lleno de odio y bilis publicado en el diario Le Matin por el venal y descarado periodista haitiano Stephen Alexis, en relación con la extradición de Ulises Sánchez Hinojosa y Rafael Graffer Andújar.
Este nuevo libelo del periodista Alexis es la extensión de la campaña de prensa que, en la vecina capital haitiana, ha desatado un grupo de periodistas de aquel país al servicio del ex canciller Nouelair Zephirin.

Conociéndose la vulnerabilidad moral del periodista Alexis, quien visitó nuestro país hace años, podría instruirse a nuestra embajada en Haití para que, en forma discreta, tratase de atraerlo con perspectivas de que , posteriormente, se decida invitarlo a venir a contemplar el desarrollo logrado durante la luminosa Era de Trujillo en RD. Se anexa el artículo con su traducción.
Se trataba, en resumen, de cooptar y silenciar, por medio del soborno o la amenaza, a toda voz crítica al trujillismo que osase levantarse en cualquier rincón del hemisferio. En el caso concreto de Stephen Alexis, y el odio reconcentrado que despertaba en los funcionarios trujillistas, es de imaginar que atraerlo con prebendas para que atravesase la frontera no debía servir solo para propiciarle recorridos turísticos por las obras de la Era, sino para algo más tenebroso y mortal.

Entre los métodos utilizados para fomentar lealtades y captar aliados estaba el envío y diseminación selectiva de la información propagandística del régimen. Un caso ilustrativo es el de la revista Auge, de junio de 1955, dedicada a promover los avances arquitectónicos de Ciudad Trujillo y las obras de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, faraónico proyecto construido al costo de RD$ 30,000, 000 para conmemorar el 25 aniversario del asalto al poder por Trujillo, y que se inauguraría el 20 de diciembre. La lista de los 17 destinatarios seleccionados por el dictador para recibir ejemplares de la publicación, que debían ser entregados personalmente por sus Embajadores, incluía a su santidad, Pío XII; los generales Perón, Batista, Stroessner y Somoza; el coronel Castillo Armas; el teniente coronel Osorio, presidente de El Salvador; el dictador Salazar, de Portugal, y otros Presidentes y Primeros Ministros de países latinoamericanos, Italia y Francia.

Con especial cuidado, las redes clientelares de Trujillo incluyeron a personalidades de la Iglesia, a quienes se halagaba, se honraba y con quienes se tenían otras atenciones previsibles. Estos, a su vez, santificaban el poder omnímodo del Jefe, le brindaban sustento ideológico a su tiranía y participaban de su enconado anticomunismo, calculadamente vibrante para ser bien visto y apoyado por el gobierno de los Estados Unidos, embarcado en su particular cruzada en los años de la Guerra Fría. “(…)Agradecer a monseñor Rómulo Carboni, al visitar nuestra Embajada en Lima- se indicaba por la Secretaría de la Presidencia al Secretario de Relaciones Exteriores- por los términos elogiosos en que se refirió a nuestro país y sus dirigentes(…)26, en fecha tan tardía como el 11 de abril de 1960.
Muchas veces, quien ostentaba la representación diplomática de su país en Ciudad Trujillo terminaba al servicio secreto del régimen, de buena o mala gana. A quienes no se le podía sobornar, quedaba el expediente de presionarlo, amenazarlo o chantajearlo, aunque no pocos diplomáticos servían a la dictadura, y personalmente a Trujillo, de buena gana, identificados con su carácter reaccionario, su anticomunismo visceral y su alianza incondicional con los Estados Unidos. En el almuerzo en La Habana de Porfirio Rubirosa, entonces embajador dominicano, con Miguel Baguer, último representante de Batista en República Dominicana, a principios de septiembre de 1958, este le confesó que “… sentía una gran admiración por el país, y especialmente por el Generalísimo, por l o que, entre varios países adonde le propusieron mandarlo, escogió el nuestro…”
No de manera tan espontánea y placentera fue expresada la admiración y lealtad de otro Embajador destacado en Ciudad Trujillo, en este caso de Haití.

En un memorándum confidencial presentado a la Cancillería por el jefe de la División para Asuntos del Caribe, Dr. José Enrique Aybar, en relación con la conversación que sostuvo con embajador de Haití, sr. Jules Domond, en la tarde del 16 de diciembre de 1955, se significaba:(…) que el Embajador acaba de regresar de un breve viaje a Puerto Príncipe, llamado por su Gobierno, en relación a transmisiones realizadas por La Voz Dominicana y la decisión de no participar en Feria de la Paz con una exhibición. Fue recibido por el fundador y propietario de La Voz Dominicana quien le explicó que las supuestas transmisiones hechas el 1 de diciembre, consideradas injuriosas, no se habían efectuado, lo que produjo satisfacción al desmentir información que había recibido el presidente Magloire.
(…)La negativa de los hechos no había sido suficiente para que el gobierno de Haití cambiase su decisión de no concurrir a la Feria, pues otra circunstancia venía a impedirlo: la circulación de la obra La isla iluminada, de Osorio Lizarazo, y el libro del Lic. Manuel Arturo Peña Batlle, que contiene expresiones muy hirientes para la dignidad del pueblo haitiano, revelando su desdén hacia la población negra que constituye la mayoría de ese país. Según Domond, estos libros venían siendo distribuidos ampliamente por la Dirección General de Turismo, agentes consulares y diplomáticos en el exterior, y aun por el Partido Dominicano. Se temía fuesen distribuidos en la Feria de la Paz y Feria del Libro.

(…)El Embajador indicó, como opinión personal, que tras la decisión haitiana estaban, sin dudas, los intereses de ciertas personas de su Gobierno, para crear o mantener el clima al que se ha aludido, a lo cual le señalé que estos siempre aparecían en vísperas de las combinaciones políticas haitianas, precipitadas por la inminencia del período electoral. Domond convino plenamente en esa observación, siendo también su opinión personal que el presidente Magloire estaba siendo constreñido a disponer que Haití no estuviera presente en el gran evento internacional que se inaugurará el 20 del presente mes.

Domond, visiblemente emocionado, hizo protestas de admiración hacia la República y sus progresos; hacia el Ilustre Generalísimo Trujillo y el sr Pdte, sobre todo, por las muestras de afecto y cordialidad con que había sido recibido aquí. Dijo estar en una situación embarazosa porque ejercía presión contra su Cancillería y el presidente Magloire.

(…)Domond, siempre a título personal, dio la impresión de que los elementos más racialistas(sic) del gabinete de Magloire, podían tener mucho que ver con la presente situación… Agregó, finalmente, que tenía instrucciones de asistir a los actos oficiales de la Feria, a los cuales fuera invitado (…)

A pesar de que, como se evidencia en este memorándum, el embajador haitiano trabajaba más para el gobierno de Trujillo, que para el de su país, a juzgar por sus expresiones y el tono del reporte de su entrevistador, lo hacía bajo presión y con temor. A pesar de sus protestad de amistad incondicional, en el mismo documento se indicaba a los diplomáticos dominicanos destacados en Puerto Príncipe que no debían invitar a ese gobierno a las actividades que tendrían lugar con motivo de la inauguración de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre. Como colofón se agregaba también la más que elocuente nota siguiente: “Hay instrucciones superiores para que este memo, y las transmisiones recientes de La Voz Dominicana sobre Haití, traducidas al inglés, sean suministradas al embajador de los Estados Unidos, Sr. William T.Pheiffer”

Todas las oportunidades, del carácter que fuesen, eran aprovechadas por el régimen, y especialmente por Trujillo, para fortalecer sus redes clientelares y de apoyo en el exterior, desde la propuesta de nombrar con el nombre de María de los Ángeles Martínez de Trujillo, la primera dama, la biblioteca de una escuela en El Salvador, hasta que el dictador recibiese en cordial audiencia privada al teniente Carlos Rojas, hijo del general Rojas Pinilla, su homólogo colombiano, a fines de agosto de 1954; desde condecorar, en junio de 1955, al presidente de México, Sr. Adolfo Ruíz Cortínes, con la Órden al Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, en el grado de Gran Cruz, Placa de Oro, hasta agasajar con una brillante cena de gala en la Cancillería al ex presidente mexicano Lic. Emilio Portes Gil, su esposa e hija, de visita privada en el país. Pero, como suele ocurrir, el inicio de una nueva etapa de la mayor operación clientelar en las postrimerías del régimen, quedaba oculto y sumergido en documentos diplomáticos rutinarios, que a simple vista, no pasaban de ser corrientes. En ellos se encuentra la pista del destino final y el carácter letal que dichas redes fueron adquiriendo, en la misma medida en que, después del despilfarro de 1955, los acontecimientos políticos internos y externos, y los desastres de relaciones públicas e imagen, socavaron el reconocimiento a la dictadura, tan laboriosamente trabajado durante décadas de sobornos, crímenes, operaciones encubiertas y propaganda, evidenciando la decadencia del sistema, resquebrajando el consenso impuesto por el terror y el miedo, y exigiendo una represión descarnada e incontrolable, que a la postre, costaría la vida al propio Trujillo.
En el siguiente nombramiento de un perfecto desconocido a un oscuro cargo diplomático en la embajada dominicana en México, tanto como en el maletín con el dinero del Jefe, se simboliza el auge y la decadencia de un método de influencia exterior que combinó lo que hoy se conoce como “poder suave” o “diplomacia pública”, con las más violentas e inescrupulosas operaciones ilegales e inmorales posibles.

Estos dos objetos, un maletín henchido de billetes para el soborno y el nombramiento diplomático y envío a México de Johnny Abbes, para formarse en operaciones encubiertas, asesinatos selectivos, secuestros, atentados y represión, marcan los dos polos en que se movió el sueño clientelista latinoamericano y caribeño del dictador; su Alfa y Omega; los momentos de auge y la decadencia de un régimen que no puede ser pensado ni entendido, sin este componente secreto, que situó la línea de defensa del sistema a miles de kilómetros de sus costas y el enemigo a batir, allí donde existiese un dominicano exiliado, o una voz crítica contra la dictadura: Oficio del 25 de mayo de 1955, de Secretario de la Presidencia al Secretario de Relaciones Exteriores: Designación del Sr. Johnny Abbes García, como secretario de Segunda Clase en la embajada de México, creación con sueldo de RD$ 350.00 mensuales, efectivo a partir del 1 de junio próximo (…)

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