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Conferencia del Dr. Eliades en homenaje al Comandante Delio Gómez Ochoa y los expedicionarios del 14 de Junio de 1959.

Conferencia del Dr. Eliades en homenaje al Comandante Delio Gómez Ochoa y los expedicionarios del 14 de Junio de 1959.

LA TÁCTICA Y EL PLAN POLÍTICO DE LAS EXPEDICIONES DE JUNIO DE 1959.

Dr. Eliades Acosta

La América Latina que despertó el primero de enero de 1959 ya era, sin saberlo, muy diferente a la que apenas unas horas antes despedía el año viejo olvidando por un momento sus dolores ancestrales. En realidad nadie podía saberlo, ni siquiera los más lúcidos de entre los jefes de la pléyade de jóvenes rebeldes que entraban a tomar las ciudades cubanas con sus barbas, sus pelos largos, sus gastados uniformes de campaña, sus brazaletes del Movimiento 26 de julio, sus boinas, gorras y sombreros de yarey,  los fusiles Garand, las ametralladoras Thompson y las carabinas M-1 San Cristóbal enviadas por Trujillo, mientras que del cuello les colgaban las medallitas con la Virgen de la Caridad del Cobre y resguardos, no tan católicos, junto a collares hilados con semillas de la sierra.

Apenas nueve años antes, entre los meses de febrero y marzo de 1950, cumpliendo una tarea estratégica encargada por el Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, uno de los pensadores más brillantes de la Guerra Fría se había desplazado por varios países de la región  para explorar las posibilidades de avance del comunismo y la verdadera razón de la endémica inestabilidad política, las revoluciones y las dictaduras. Al regresar, George Kennan presentó su informe bajo el título de Relación de América Latina con nuestras políticas globales, en el cual caracterizó la situación de la siguiente manera:

Es difícil que exista otra región en la Tierra donde la naturaleza y el comportamiento humano se hayan combinado así para producir más infelicidad y desesperanza… Primero están a la vista los efectos de la Conquista, de la importación indiscriminada de negros esclavos y de la mezcla de razas… Todo esto ha originado esa enorme sensación de desprotección e impotencia que pesa sobre el mundo latinoamericano…”[1]

De este pasado sombrío, en opinión de Kennan, se originaba “… el reconocimiento subconscientes de la derrota de los esfuerzos colectivos”[2]

Independientemente de la parcialidad, del racismo y las dosis de darwinismo social presentes en esta mirada temprana sobre nuestro hemisferio, ella puede explicar de manera precisa el por qué la entrada de aquellos muchachos rebeldes a las ciudades arrebatadas al ejército de Batista pronto alcanzó la enorme estatura de una esperanza colectiva; de una palpable confirmación para nuestros pueblos martirizados de  que era posible liberarse a sí mismos de las garras de los dictadores para los que el brillante Kennan en su informe, pedía comprensión y apoyo, en aras de garantizar el supremo objetivo de evitar el ascenso del comunismo en esta parte del mundo.

En este contexto, y no en el de versiones sesgadas, a-históricas y traídas por los pelos, ha de ubicarse la idea y la práctica que culminaron con el arribo a República Dominicana de  las tres expediciones de junio de 1959, incluso, de la cuarta que se perdió en Haití.

No surgieron de la nada. No fue aventurerismo. Pudieron estar atropelladas y deficientemente preparadas. Les faltó conocimiento de la realidad interna de un país aislado del mundo, por obra y gracias de un tirano astuto y sus valedores, que corrieron su propio telón de acero sobre toda la nación, en un esfuerzo por sustraerla de los vientos libertarios que azotaban el continente. Es cierto que no tenían contactos con la creciente oposición interna, y que el propio entrenamiento de los expedicionarios fue insuficiente, pero el ejemplo del Moncada, el Granma y la Sierra Maestra, con sus cuotas de improvisación y creatividad, con cada renacer detrás de derrotas que parecían definitivas, estaba demasiado impreso en los revolucionarios de la época, como para que el entusiasmo nublase el cálculo, el ímpetu a la prudencia, y el valor al sentido común.

Hoy, sin peligro alguno y muy lejos del fervor libertario de aquellos días, algunos podrán tildar aquel esfuerzo de locura, pero debemos esclarecer que es de las del tipo que siempre han movido la historia, aquí y en todas partes: Bolívar primero, Duarte, Sánchez y Mella; Luperón y Máximo Gómez; Maceo, Céspedes y Martí, y más recientemente Sandino, el Che, Caamaño y Chávez fueron todos tildados de locos en su momento, como antes lo fuese Alonso Quijano y el propio Cristo.

No  lo diré por mi propia boca, ni citaré a Vladimir Ilich Lenin, sino invocaré a Víctor Hugo para que lo explique, como hizo de forma brillante en Los Miserables:

Atreverse: el progreso se obtiene a ese precio. Todas las conquistas sublimes son, más o menos, premios al atrevimiento. Para que la Revolución se verifique, no basta con que Montesquieu la presienta, ni con que Diderot la predique, ni con que Beaumarchais la anuncie, ni con que Condorcet la calcule, ni con que Aruet(Voltaire) la prepare, ni con que Rousseau la premedite: es preciso que Danton se atreva… La aurora es audaz cuando aparece. Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel a sí mismo, hacer frente al destino, asombrar a la catástrofe con el poco miedo que nos cause…, he aquí el ejemplo que necesitan los pueblos y la luz que los electriza…[3]

Pero además, y por si esto no fuese suficiente, la idea táctica del desembarco, como opción militar para iniciar la lucha en el terreno estaba muy profundamente arraigada en el imaginario popular y de los revolucionarios de la época. Era, en consecuencia, un hecho casi inevitable.

LA IDEA TÁCTICA DEL DESEMBARCO

Por supuesto que en junio de 1959, entre varias líneas de acción posibles, primó la del  desembarco naval y aerotransportado. El cálculo, avalado por la  historia posterior, no era errado. Los expedicionarios lograron pisar suelo dominicano, e incluso, internarse en la geografía nacional, a pesar de que el tirano, y el gobierno de los Estados Unidos contaban con abundante información de inteligencia como para haberlo evitado. A partir de ese punto, y especialmente partiendo del control trujillista del país, y el apoyo del campesinado a la persecución de los rebeldes, entraron a jugar otros factores que determinaron la derrota militar y la tragedia siguiente.

La historia de las expediciones revolucionarias en el Caribe forma parte de la memoria colectiva. Tuvieron lugar desde las guerras de independencia, unas exitosas, otras frustradas. En el entorno de República Dominicana, en la vecina Haití, Simón Bolívar formó sus dos expediciones libertadoras en 1816, conocidas como Expedición de los Cayos, bajo el auspicio del presidente Alexandre Petión. Así lo dejó consignado:

Perdida Venezuela y la Nueva Granada, la isla de Haití me recibió con hospitalidad. El magnánimo Alexander Petión me prestó su protección y bajo sus auspicios formé una expedición de 300 hombres, comparables en valor, patriotismo y virtud a los compañeros de Léonidas…

Si bien fracasó la primera en Ocumare de la Costa (de enero a marzo de 1816), la segunda (diciembre, 1816) permitió la reactivación de las fuerzas libertadoras, la liberación del oriente del país, y la penetración de otras fuerzas hacia Tierra Firme, todo lo cual aceleró el triunfo del Libertador.

En Cuba, las expediciones para propiciar la independencia de España, incluso, su anexión a Estados Unidos, se extendieron a todo lo largo del siglo XIX. En el segundo caso se destacó el coronel venezolano Narciso López, que había peleado del lado realista en las campañas de Bolívar, quien con el apoyo de círculos anexionistas norteamericanos organizó dos expediciones, la primera desembarcada en Cárdenas, el 19 de mayo de 1850, lo que permitió que ondease en Cuba, por primera vez, la bandera de la estrella solitaria, y la segunda, por Bahía Honda, Pinar del Río, donde fue derrotado, capturado y ejecutado. En el caso de las expediciones libertarias, solo entre 1895 y 1898 se llevaron a cabo más de 50, la mayoría exitosas. Entre estas, por su enorme valor simbólico, merece un destaque aparte la de Gómez-Martí, llevada a cabo en un bote lanzado al agua, en medio de la tormenta, desde el carguero alemán Nordstram, lo que les permitió llegar a tierra al amanecer  del 10 de abril de 1895, por Playita de Cajobabo, y ponerse al frente de los mambises alzados en armas desde el 24 de febrero.

Entre los cinco expedicionarios desembarcados, junto a los cubanos José Martí, el general Paquito Borrero y César Salas, estuvieron dos dominicanos: el generalísimo Máximo Gómez, y Marcos del Rosario.

Ya en el siglo XX, se suceden varias expediciones revolucionarias enfiladas contra tiranías en el poder. También los tiranos y sus aliados se ayudaban entre sí para evitarlas: el 8 de agosto de 1929, bajo la presidencia del general Horacio Vázquez, el cónsul general venezolano, Alejandro Fuenmayor, representante del dictador Juan Vicente Gómez, solicitó por carta a Alfredo Ricart, secretario de Relaciones Exteriores, que se impidiese a exiliados venezolanos, entre ellos a Rómulo Betancourt, la organización de una expedición armada. El 27 de agosto, el entonces general Trujillo, jefe del Ejército, rendía cuentas del cumplimiento de la tarea al Secretario de Defensa[4].

El 17 de agosto de 1931 llegaba a las costa de Gibara, al norte de la provincia de Oriente, Cuba, una expedición revolucionaria anti-machadista a bordo del buque Ilse Vormauer[5], al mando de Emilio Laurent Budet, a nombre de la Junta Revolucionaria de New York, dirigida por el general Mario García Menocal y el coronel Carlos Mendieta Montefur. Logran tomar la ciudad pero son atacados por fuerzas de aire, mar y tierra en elevado número. Dos días después, los sobrevivientes son capturados, entre ellos el teniente Feliciano Maderne,  jefe de uno de los batallones de la futura expedición de Cayo Confites, al cual pertenecía Fidel Castro.

En 1932, en carta de Osvaldo Bazil a Trujillo desde La Habana, donde era su embajador ante el dictador Gerardo Machado, este informaba sobre planes expedicionarios de exiliados dominicanos en Cuba y Haití. Ante esta alerta, la respuesta de puño y letra del dictador, enviada a través de Bonetti Burgos, secretario de la Presidencia fue: “Si vienen aquí podrían aparecer en Cuba, en algún centro espiritista”[6]

Tras el derrocamiento de Machado, y en los días del llamado Gobierno Revolucionario de los Cien Días de Grau-Batista-Guiteras (4 de septiembre, 1933-15 de enero, 1934), adelantándose 25 años a las expediciones de junio de 1959, y en la misma estela del fervor revolucionario e internacionalista posterior, se comienza a organizar en Cuba la llamada Expedición del Mariel. Bajo la conducción de Rafael Estrella Ureña, Ángel Morales y Federico Velázquez, no tardarían en ser interceptadas en Haití, servicio bien pagado por Trujillo, varias cartas cursadas entre Morales y Velázquez, con detalles de la operación y el apoyo directo de Guiteras, Grau, y Carbó, a quienes despreciaban por sus orígenes sociales y las medidas revolucionarias adoptadas, paradójicamente confiando solo en Batista, quien con la anuencia de la inteligencia militar norteamericana en Cuba, y probablemente mediante el soborno de Trujillo, logró frustrar el intento.

No creo que necesite extenderme para analizar las expediciones de Cayo Confites, en 1947, ni la de Luperón, en 1949, ni la del Granma, en 1956. Todas ellas, y otras que no hay tiempo a mencionar, contribuyeron a cimentar en los revolucionarios dominicanos del exilio anti-trujillista, radicados en Caracas, La Habana, New York y San Juan, la idea de que el desembarco de una vanguardia armada en los predios de Trujillo podría ser la chispa que prendiese el fuego de la rebelión, largamente esperada. Del lado de los revolucionarios cubanos, norteamericanos, españoles, centroamericanos y venezolanos, entre otros, jugó un papel determinante la idea internacionalista de que si los tiranos se ayudaban entre sí, y contaban además con el apoyo de Washington, era lícito que los pueblos y gobiernos anti-dictatoriales hiciesen lo mismo.

La idea táctica de un desembarco en República Dominicana  flotaba en el ambiente de 1959 como una certeza, más que como una posibilidad. No juzguemos a quien así pensaban entonces.

EL PROGRAMA DEL MOVIMIENTO DE LIBERACIÓN DOMINICANA.

Finalmente, unas breves palabras sobre el Programa del Movimiento de Liberación Dominicana –MLD- el que debería ser puesto en práctica, una vez derrocada la dictadura trujillista, mediante la lucha encabezada por el Ejército de Liberación Dominicana.

Se trataba, y no podía ser de otra manera, de un documento breve, con metas mínimas, logrado mediante el consenso, y es de imaginar en el mejor espíritu caribeño, que tras arduas discusiones entre los representantes de las diversas organizaciones del exilio que lo conformaban, entre las cuales había delegados de países en situaciones y atmósferas políticas tan opuestas como los Estados Unidos y Cuba revolucionaria. Un factor también a tener en cuenta fue la presencia en estos intercambios de representantes del Partido Socialista Popular.

En lo político, propugnaba por el establecimiento de un gobierno provisional, al que se caracterizaba como democrático-revolucionario. El mismo se mantendría en el poder por dos años y aplicaría el “Programa de la Revolución”, garantizando al pueblo el disfrute de sus derechos. No se especificaban, como era lógico, las medidas a aplicar, con excepción de la convocatoria a una Constituyente, a la que se encargaría la tarea de redactar una nueva Constitución, con énfasis en la consagración del carácter democrático del estado, y la aprobación de una legislación que, tras la derogación de todas las leyes antidemocráticas anteriores, aprobaría las que habrían de garantizar el disfrute de la justicia económica y social.

En lo social, se abogaba por la implementación de una “amplia Reforma Agraria”, que daría al campesino la propiedad de la tierra, en la proporción que determine “… la función social de la propiedad”, lo cual, por fuerza, era ambiguo. Se propugnaba también por la confiscación de tierras ilegalmente obtenidas, por el derecho a la huelga de los trabajadores y la garantía de creación y funcionamiento de sus propias organizaciones. Por último, se convocaría a una “… efectiva campaña de alfabetización”, se crearía un “amplio sistema de seguridad social”, y se procedería a la reforma integral de la enseñanza, con el objetivo de crear una”… conciencia nacional avanzada y libre”, formulación también deliberadamente ambigua para sortear los escollos de las batallas conceptuales, antes de iniciar las batallas militares.

En lo económico, se buscaría impulsar la industria nacional, desarrollar el mercado interno y elevar el poder adquisitivo del pueblo. También expropiar todas las propiedades del clan Trujillo y sus cómplices, revisar las concesiones hechas por la tiranía a capitales nacionales y extranjeros, y aunque no se decía expresamente, se implicaba la posibilidad de expropiarlas, de considerarse lesivas al interés nacional. Por último, la realización de una reforma tributaria y la abolición de impuestos “impopulares e innecesarios”.

En el campo de la política internacional, mantener relaciones de convivencia pacífica y ayuda mutua, especialmente con los pueblos de Centroamérica y el Caribe, (no se menciona  expresamente, como era de rigor en la época, a los Estados Unidos) sustentadas en los principios de la democracia representativa, el respeto mutuo, la igualdad jurídica y la libre determinación de los pueblos.

Al cabo de 58 años, comprendiendo las peculiaridades de la Guerra Fría de entonces, y lo indefinido del panorama dominicano que eventualmente se conformaría, tras concluir una dictadura  que se acercaba ya a su tercera década de existencia, es posible concluir que el Programa Socio-Económico y Político del MLD era un programa práctico, deliberadamente ambiguo y plural, útil a los efectos de iniciar un camino de amplias transformaciones revolucionarias que implicaban, aunque se era cuidadoso al no plantearlo expresamente, un cambio del modelo de desarrollo nacional.

El Programa  distaba mucho de ser un programa radical, mucho menos de aliento comunista, como se le tildó pérfidamente por parte de la propaganda trujillista. Expresaba y buscaba el consenso nacional alrededor de un puñado de temas cruciales. No se detenía en nada  que pudiese dividir las opiniones y debilitar la lucha, como por ejemplo, la manera en que serían tratados los criminales y ladrones de la dictadura; la forma en que se reformaría el aparato estatal y las Fuerzas Armadas; el destino de los partidos políticos, dentro y fuera del país; las relaciones con Estados Unidos; el  carácter laico del Estado y sus relaciones con la Iglesia; las relaciones con las empresas y el capital privado, y la necesidad de diversificar la economía y las fuentes de inversiones extranjeras.

Derrotada militarmente las expediciones de 1959, con los estertores finales de la tiranía, y la mediatización del proceso de recuperación democrática de la sociedad dominicana por un poder foráneo, iniciado tras el ajusticiamiento de Trujillo, habrá que esperar el ascenso al poder del presidente Juan Bosch, y la promulgación de la Constitución del 29 de abril de 1963, para que el eco de este Programa volviese a vibrar en el panorama nacional. Como se sabe, este paréntesis democrático duró apenas siete meses.

Con una frase afortunada, la de “la victoria de los caídos”, que  da título a su libro sobre esta epopeya, el comandante Delio Gómez Ochoa nos recuerda que lo que hace indeleble e inmortal una acción humana, no es siquiera su victoria inmediata, ni la derrota de sus enemigos. Se puede, incluso, como tantas veces ha demostrado la historia, hasta morir en el intento, y sin embargo, triunfar en el largo plazo, en el terreno de las ideas, la humanidad y la moral, que son más imperecederos y útiles que las victorias militares. Gracias comandante, por enseñárnoslo y dar testimonio vivo de esa inmensa verdad.

Con semejante agudeza, María Zambrano, la filósofa republicana española, obligada al exilio tras el triunfo militar del franquismo, escribió un ensayo luminoso titulado Sentido de la derrota (1953), del cual tomo las palabras con las que me permito cerrar esta conferencia:

En todas las épocas de nuestra historia occidental ha existido el culto al éxito. Bajo su sombra han pasado desconocidos, y aún vejados, los valores de la persona humana… Lo cierto es que de la derrota y del fracaso han surgido las más bellas obras de la poesía y los más claros pensamientos de la  mente humana. La conciencia se ha ido afinando y esclareciendo a fuerza de fracasos. La derrota es creadora en la historia como el fracaso individual lo es en el pensamiento. En ellas se esconde, a veces, el secreto del porvenir…[7]

A estas sabias palabras solo me resta añadir que, precisamente por eso, y no por azar, rendimos hoy aquí homenaje a todos los héroes vencedores de las expediciones de junio de 1959, en la figura del comandante Delio Gómez Ochoa, porque también cambiaron la historia nacional, y además contribuyeron a devolver la esperanza colectiva a los latinoamericanos.

 

Dr. Eliades Acosta Matos

Santiago de los Caballeros

20 de junio, 2017

 

[1] George Kennan: Relación de América Latina con nuestras políticas globales. Reporte del 29 de marzo, 1950. Foreign Relations of the United States, Volumen II, pp.598-624.

[2] Ídem.

[3] Víctor Hugo: Los Miserables. En: http://www.boks.google.com.do, p.XI.

[4] De Alejandro Fuenmayor, cónsul venezolano, a Alfredo Ricart, secretario de Relaciones Exteriores,  carta del 8 de agosto, 1929. Del general Trujillo al secretario de Defensa, oficio del 27 de agosto, 1929. Ambas en AGN,  Fondo Relaciones Exteriores, consulados, 1929.

[5] El Ilse Vormauer puede que sea, junto al yate Granma, uno de los símbolos navales de las expediciones revolucionarias de la zona. Construido en Inglaterra, en 1902, tuvo una larga y azarosa vida, pasando de manos  de  una compañía anglo-holandesa a las de otra alemana. En 1929, bajo el nombre de Falke, condujo a Venezuela una expedición revolucionaria comandada por el general Román Delgado Chalbaud, quien desembarcó en Cumaná, el 11 de agosto, luchando contra la dictadura del general Juan Vicente Gómez. Entre 1932 y 1935, tras ser ocupado después de la expedición de Gibara, pasó a manos de varias empresas cubanas. En 1944, bajo el nombre de Colombia, se hundió tras el paso de un huracán.

[6] De Bonetti Burgos a Bazil, carta del 12 de noviembre, 1932. AGN, Fondo Relaciones Exteriores, legajo 707709.

[7] María Zambrano: Sentido de la derrota. Revista Bohemia, La Habana, 1945, 25 de octubre, 1953, pp3 y 135.

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