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Compartimos artículo de nuestro secretario general, publicado en el periódico Diario Libre

LA FÁBRICA DE LAS REVOLUCIONES FALSAS

Por : Miguel Mejía.
Especial para Diario Libre.

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Uno de los más preocupantes problemas del pensamiento y la práctica social en nuestro país radica en la improvisación. Los problemas se reciclan y se estiran hasta el infinito sin soluciones, mientras el pensamiento y el discurso que intentan aparentar combatividad y eficacia ante los mismos, se hunden lamentablemente, una y otra vez, en su propio pantano de ideas recalentadas, frases altisonantes huecas y sopor acomodaticio. No debe asombrarnos que la gente esté aburrida y harta de ver siempre la misma película.

Aquí los problemas jamás tienen historia, siempre aparecen en el escenario político como si fuesen debutantes e inéditos. Pocos, por no ser absolutos, utilizan ese enfoque para encontrar las claves internas de las contradicciones y aprender cómo se desataron los nudos del desarrollo social en tiempos pasados, en escenarios similares, incluso, en otras sociedades.

Nuestros políticos sistémicos y algunos bajo el manto de la izquierda son tan sabios que no necesitan leer, estudiar, reflexionar, intercambiar, analizar, debatir ni polemizar. Son tan perfectos y omniscientes en el terreno de la práctica política que no requieren de la teoría política. El resultado salta a la vista.

El palpitante e insoslayable problema de la corrupción administrativa, catalizado por las revelaciones espeluznantes del caso Odebrecht, es una prueba contundente de las anteriores aseveraciones. Sin ahondar en las raíces históricas de este fenómeno rampante, jamás se llegará a encontrar las soluciones verdaderas y perdurables que impidan, cada cierto, tiempo, el regreso del monstruo y los remakes de los escándalos.

¿Conviene o no ahondar en cómo la corrupción administrativa fue un mal endémico del colonialismo español, y en la manera en que se exportó a sus colonias americanas? ¿Nos ayudaría a entender la psicología del corrupto nacional si estudiamos los gobiernos republicanos y el modus operandi de los logreros de turno? ¿Y la manera en que Trujillo privatizó la corrupción en pro de los intereses de un tirano divinizado y su corte de familiares y cómplices? Y por último, ¿por qué no investigar en el conjunto de medidas implementadas por el gobierno de Juan Bosch, precisamente por eso fugaz y removido por la violencia, para frenar y erradicar la corrupción en el país?

En nuestros días ha surgido en el país  un movimiento polémico y abigarrado que pretende canalizar las justas demandas de la ciudadanía en pro del adecentamiento de la vida nacional, contra la impunidad y el castigo a la corrupción. Hasta ahí no hay objeción alguna que formular y si mucho que aplaudir. Pero cuando reflexionamos sobre ciertas declaraciones, poses, ideas y acciones promovidas por algunos de sus líderes, no electos ni refrendados por reglas de general acatamiento popular; cuando se toma como blanco principal la figura del presidente Danilo Medina; cuando se elevan denuncias sobre torvos financiamientos hechos, por debajo de la mesa, por instituciones y organismos de gobiernos extranjeros, dizque promotores de la participación ciudadana, los derechos humanos y la democracia; cuando empiezan a barajarse siglas como USAID, y nombres como el de la George Soros Foundation, National Endowment for Democracy y Gene Sharp, padre prefabricado  de las llamadas “revoluciones de colores y la resistencia no violenta” entre los referentes ideológicos de este movimiento, entonces, con todo derecho, sentimos y expresamos alarma y rechazo.

La verdadera resistencia no violenta, la de Gandhi, la de Martin Luther King, la de Nelson Mandela y el movimiento contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos, por solo citar algunos ejemplos, tiene una historia bella, y no por casualidad paradigmática. En todos los casos se trató de revoluciones pacíficas en pro del progreso, enraizadas en valores y principios políticos, ideológicos y morales propios, no impuestos mediante la “ayuda” del exterior, y que, por supuesto, no fueron en su momento, ni apoyadas, ni promovidas y mucho menos financiadas desde los centros hegemónicos de poder mundial. Todas estas características las hicieron verdaderas, necesarias y perdurables.

Aunque, aparentemente sigan las mismas tácticas y se digan adscritas a la misma corriente de resistencia no violenta, muy diferente han sido, y son, los casos de  las llamadas “revoluciones de colores”. Aunque puedan capitalizar para sí el descontento popular y aprovecharse de la debilidad, impopularidad y descrédito de los políticos y los partidos, los movimientos y líderes que las han promovido reciben orientación, financiamiento, entrenamiento, publicidad y apoyo del exterior, y no precisamente de organizaciones populares, sino de instrumentos geopolíticos del gobierno norteamericano y de sus organismos de inteligencia. No se trata de estigmatizar a las protestas populares, sino a quienes las utilizan para fines, no precisamente populares y frecuentemente antinacionales.

La cartografía de las revoluciones de colores traza una ruta clara e indeleble de acciones desestabilizadoras dirigidas contra gobiernos, no importa si democráticamente electos, que han sido, o son, incómodos o resistentes a los dictados de Washington y Occidente. Entre las que alcanzaron sus objetivos están “las revoluciones contra Milosevic en Yugoslavia (2000); la de las rosas, contra Shevarnadze en Georgia (2003); la naranja, contra Yuschenko en Ucrania (2004); la de los tulipanes, contra Akayev en Kirguistán (2005); la de los cedros, por la salida de las fuerzas militares de Siria del Líbano (2005);l a de los jazmines, contra Ben Alí en Túnez (2010). Entre las fallidas, se cuentan la blanca, contra Lukashenko, en Bielorrusia; la azafrán, contra la junta militar de Birmania; la verde, contra la elección de un nuevo presidente revolucionario en Irán, y la twitter, contra el triunfo del Partido Comunista en las elecciones parlamentarias del 2009, en Moldavia.

Cuando la resistencia a la desestabilización y la subversión contra los gobiernos elegidos para ser derrocados por este medio ha sido mayor que lo esperado, los promotores de estas falsas revoluciones, o mejor dicho, francas contrarrevoluciones, han optado por pasar a una nueva fase, la de las llamadas por ellos mismos, en lenguaje políticamente correcto y cínico, como “resistencia pacífica”, “resistencia activa”, “golpes democráticos”, impeachment, o “primaveras”. Tal es el caso, con resultados trágicos a la vista, de Egipto, Libia, Siria, Honduras, Paguay, Brasil y Venezuela, donde las consignas beatíficas y almibaradas, se han combinado  con paramilitarismo, acciones violentas, guarimbas, terrorismo, destrucción y muerte, mientras se intensifica la campaña sucia de descrédito internacional y mentiras de CNN, Fox News, y El País, de España, por citar solo los medios más evidentemente comprometidos.

 

El “ideólogo” de estas nuevas formas postmodernas de los mismos golpes de Estado, las desestabilizaciones y la imposición foránea de gobiernos títeres de siempre, es un profesor, filósofo, politólogo y escritor norteamericano llamado Gene Sharp, a quien se asignó la tarea de confeccionar un verdadero manual subversivo con la hoja de parra del término “no violento”, para intentar ocultar las vergüenzas. Se trata de un gurú prefabricado,  con la patente de corso otorgada para montar en los demás países la maquila de las revoluciones falsas para evitar el triunfo de las revoluciones verdaderas.

En República Dominicana, a pesar de que no se llamen las cosas por su nombre, al parecer se está introduciendo, por inseminación artificial, estos métodos. En efecto: no a la corrupción, pero un no aún más rotundo contra las revoluciones impostoras accionadas por control remoto.

Abril 18, de 2017.

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