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BRASIL: CERRANDO LAS PUERTAS A LA ESPERANZA

BRASIL: CERRANDO LAS PUERTAS A LA ESPERANZA

“Impotentes ante el inevitable regreso de Lula a la presidencia del país, a través del arrollador voto popular, y fracasada la farsa protagonizada por Temer, las fuerzas reaccionarias de Brasil han jugado a la desesperada, ordenando la esperpéntica sentencia del juez Moro.” Miguel Mejía, secretario general.

Santo Domingo, R.D.-La reciente desmovilización de las FARC en Colombia, en cumplimiento de los Acuerdos de Paz, tiene una arista que conviene recordar por estos días en que en Brasil se ha dado un brutal portazo a la esperanza: cuando no se resuelven las contradicciones económicas y políticas entre clases sociales y grupos en el marco de la legalidad, la convivencia pacífica y la democracia, sobreviene un tiempo de violencia y luchas. En el caso colombiano, este trágico paréntesis ha durado 53 largos años y se ha cobrado miles de víctimas,  provocando el éxodo de millones de desplazados.

Hoy Brasil arde, tras conocerse la sentencia de Sergio Moro, un juez controvertido y parcial, graduado de los programas de visitantes internacionales del Departamento de Estado norteamericano, y que ha condenado a Luis Inácio Lula Da Silva a nueve años y medio de cárcel, y lo que es peor, a la inhabilitación a ocupar cargos públicos por más de 19 años, que es realmente el burdo objetivo que perseguía, desde sus inicios, el proceso conocido como Lava Jato.

Sobre la falta de pulcritud ética de Moro, baste señalar que el Tribunal Supremo de Justicia de Brasil lo había apartado de la causa contra Lula Da Silva al descubrirse que, contra toda norma de procedimiento en un sumario, había filtrado audios de conversaciones interceptadas entre Lula y la ex presidenta Dilma Rousseff. Semejante personaje, dócil y sin escrúpulos, es a quien la oligarquía brasileña y el Departamento de Estado norteamericano han encargado la deleznable misión de cerrar las puertas a la esperanza en Brasil.

Nada nuevo bajo el sol de la geopolítica mundial del imperialismo y sus aliados. No es la primera, ni será la última, en que intentan empatar los tantos en la partida entablada contra los pueblos del continente y sus líderes más auténticos, apelando a la judicialización de la política y a la politización de la justicia. La cadena es larga y los enemigos del progreso y la paz en América Latina y el Caribe cuentan para ello con cuadros al estilo Moro, preparados y adoctrinados para hacer la guerra política encubierta bajo pretextos de lucha contra la corrupción o la legalidad.

Estos paladines, como ha demostrado el caso de Cunha y Temer, en Brasil, o Luisa Ortega, la inefable fiscal general de Venezuela, para no ir más lejos, si son corruptos, venales y chantajeables, de ahí la aparatosa forma en que se les ordena rasgarse las vestiduras y convertirse en falsos apóstoles de la decencia que no tienen.

Luis Inacio Lula Da Silva, como es conocido por todos, tiene la mayor intención al voto de la aplastante mayoría del pueblo brasileño. Su popularidad como presidente y político, al concluir su último mandato en el 2010, fue del 80%. Compárese, por ejemplo, con el nivel de aceptación de Temer, el patético traidor, que apenas roza el 2%. De origen muy humilde, obrero metalúrgico y artífice de innumerables victorias políticas del Partido de los Trabajadores (PT), resultó electo presidente, por primera vez en el 2003.

Su obra de gobierno, entre otros éxitos reconocidos por la comunidad mundial, permitió a Brasil triplicar su PIB, situándose entre las primeras potencias mundiales, sacando de la pobreza a 30 millones de personas, en menos de una década. En la arena internacional fue un firme defensor de la integración, la paz, la justicia y el derecho de los pueblos.

Demasiado pecados capitales los de Lula para poder ser perdonado por la oligarquía brasileña, derrotada en las urnas por la libérrima voluntad del pueblo brasileño. Impotentes ante el inevitable regreso de Lula a la presidencia del país, a través del arrollador voto popular, y fracasada la farsa protagonizada por Temer, las fuerzas reaccionarias de Brasil han jugado a la desesperada, ordenando la esperpéntica sentencia del juez Moro.

“Quienes cierran el cauce a los cambios pacíficos, abren las puertas a los cambios violentos”, dijo en su momento John F. Kennedy, y no Vladimir Ilich Lenin.

Quienes juegan con fuego contra la democracia y la voluntad popular, inmiscuyéndose en los asuntos internos de países soberanos, olvidan que en el incendio irresponsablemente desatado pueden perder sus prebendas y ver hundidos sus intereses. Estas burdas jugadas sucias de la derecha continental, que actúa de la misma forma en Honduras, Guatemala, Perú, Colombia, Venezuela, Nicaragua, y El Salvador, cumpliendo órdenes imperiales, solo traerán de vuelta los momentos más duros de la lucha de clases, y a las clases mismas, que nunca se habían ido, pero confiaban en resolver las contradicciones por métodos democráticos y pacíficos.

Esto, y no otra cosa, es el aterrador significado del portazo brasileño dejando fuera la esperanza, y del zarpazo artero contra Luis Inacio Lula da Silva, o sea, contra todos los valores del mundo.

Julio 13, de 2017.

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